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¡El jazz! ¿Qué les viene a la mente cuando escuchan la palabra? Quizás pensaron en uno de los grandes exponentes del género como Duke Ellington, Stan Getz o Tito Puente. ¿Pero acaso pensaron en nuestro Luis Alberti? Junto a su orquesta en los años 30, Alberti mezclaba jazz con merengue, ampliando las posibilidades de ambos géneros, y haciendo del jazz parte de la historia del más dominicano de los géneros: el merengue.

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‘Flashforward’ al siglo 21, y una nueva generación de músicos dominicanos cuidan nuestro conuco en el exuberante mundo del jazz. Bajo el nombre de Afro Dominican Jazz, los exponentes de este género son embajadores dobles, pues representan los sonidos y ritmos de la dominicanidad -necesariamente unidos a nuestra historia e idiosincrasia- en la gran conversación del jazz. Por el otro lado, al traer la universalidad del género al contexto dominicano, nos hacen partícipes de la más pura expresión de la democracia, pues el jazz está basado en el individualismo y el compromiso, en la independencia y la cooperación.

Gracias al trabajo de artistas como Josean Jacobo, nuestro espacio en el afro jazz está siendo reconocido de la misma forma que uno asocia el género con ritmos cubanos y ritmos brasileños.

“DE LAS COSAS QUE MÁS ME USTA DEL JAZZ ES SU CAPACIDAD DE SER UN LENGUAJE UNIVERSAL ...”

@JOSEANJACOBO

 
 
 
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Josean llegó al piano en su infancia, y ese niño se asoma a los ojos del artista adulto cuando habla con pasión de su música y más cuando la toca. Inició a los 10 años con el profesor Antonio Frías, quién, divergiendo del estilo pedagógico de la época, entendió la importancia de la conexión temprana entre el estudiante y el piano. Y es ese vínculo creado entre Josean y su instrumento que lo lleva a escribir e improvisar melodías precozmente. Aunque se formó como músico clásico, su personalidad juguetona y creativa lo redirigen hacia otro género donde la improvisación es esencial: el jazz. Así llega hasta la reconocida Berklee College of Music, donde estudió Composición de Jazz. Ahí, su interacción con otros estudiantes de países hispanoamericanos, afrodescendientes – quienes conocían a profundidad y orgullosamente su cultura, sus raíces y su arte- le hizo comprender que debía hacer más por entender y promover su herencia y su cultura.


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De niño se enamoró del gozo de bailar salsa, cuando adolescente; de la guitarra. De adulto, de la libertad creadora de la improvisación musical. Por eso, cuando le tocó tomar la decisión de qué hacer con su vida, se fue para Buenos Aires a estudiar guitarra de jazz en la Escuela de Música Contemporánea, y de paso le cogió el gusto al buen vino, a la buena carne y a la cultura de conocimiento y excelencia, propia de las sociedades que valoran tanto los placeres sensuales como las bellas artes.

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