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Entonces, allá por los 70s, Madrid no era como ahora, un crisol de gentes y de culturas, y era mucho más pueblerino, ni siquiera habían empezado a llegar los primeros inmigrantes africanos. No había negros, que yo recuerde, hasta el rey mago Baltasar, era todos los años un tipo blanco pintado, los niños no es que fuéramos tontos, si nos dábamos cuenta, pero a ver quién se atrevía a denunciar al que por la noche nos iba a traer los regalo y además tampoco teníamos referencias de cómo eran de verdad los negros.

Recuerdo, ya con diez años, estaba paseando de turista por París con mis padres, en Faubourg Saint Honoré, la calle más chic de Paris (yo ya tenía claro que iba a ser diseñadora de moda), cuando de repente quedé petrificada al ir a cruzar la calle y grité señalando con el dedo: ¡mira mamáaaaa, un negro en motooo! mi madre me regañó, sobre todo por lo de señalarle con dedo, pero aun hoy, tantos años después no lo he olvidado.

A los 21 empecé a trabajar como diseñadora, por supuesto todas las modelos con las que trabajaba o veía en mis viajes eran blancas, pero a finales de los ochenta, principio de los noventa, fue precisamente en una pasarela, que de repente me quedé igual de petrificada que en Paris el día del motorista años atrás, pero no fue un negro en moto lo que vi, sino la modelo más impresionante que había visto en mi vida, parecía irreal, había algo de magia, de fuerza, de misterio, de rabia, de belleza pura y salvaje, era Naomi Campbell, y no fui solo yo, porque un silencio recorrió a todo el público y recuerdo que al salir nadie comentaba la propuesta del diseñador, sino la belleza salvaje de aquella modelo.

Con este escueto bagaje de negritud aterricé yo, ya muy avanzados los 90, casi entrando en el siglo 21, en la Republica Dominicana. Sobra decir que iba yo por la calle en estado de plenitud, mirando a diestra y siniestra toda aquella belleza que me rodeaba. Nunca había visto tanta gente negra, me parecía algo extremadamente bello y exótico. Veinte años han pasado, y todos y cada uno de ellos los he dedicado al mundo de la moda dentro y fuera de Republica Dominicana, y he trabajado en moda, publicidad y mercadeo en cuatro continentes, lo cual, obviamente me ha dado una perspectiva muy amplia.

Todos, sea cual sea nuestra cultura, nos sentimos atraídos por lo opuesto, por lo que para nosotros es diferente, nuevo, original, es algo absolutamente comprensible.

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Es por eso que los extranjeros de las agencias vienen aRepública Dominicanabuscando la belleza que allá les falta, y obviamente alucinan con la fuente de belleza que se encuentra en esta isla, y no, no somos culpables de no verla, o de verla poco, o de no apreciarla, no es que la gente aquí no vea la belleza de la raza negra, yo creo que si la ven, lo que yo creo que ocurre es que las conotaciones son muy diferentes a las de la belleza negra en Europa. Y aquí, lamentablemente, hoy por hoy, lo negro no vende. Y ya lo decía un viejo erengue: “blanco corriendo, deportista. negro corriendo, ladrón”.

Pero seamos optimistas, esto ha cambiado, y mucho, cada vez hay más negros en los casting, en las pasarelas, en los anuncios y bueno hasta en la Casa Blanca, y ahora que hasta Jlo ha cambiado al flaco por un moreno pelotero, si que hay esperanzas, pero el cambio no puede ser superficial, no es una cuestión estética, el cambio pasa por que todos esos factores de pobreza cambien, por que toda la sociedad tenga las mismas oportunidades, por la educación, déjenme repetirlo, POR LA EDUCACIÓN, cuando haya más negros en la política, en los bancos, en las ofi cinas, cuando la mitad de las comunicadoras sean negras, cuando vayas al medico y te atiendan negros (no solo el conductor de la ambulancia si no también el cirujano) cuando las universidades públicas y privadas tengan en igual porcentaje gente de todos los colores. Y ojo, que no me estoy refi riendo solo a esta isla, hablo globalmente. Solo entonces, este discurso de pieles y colores dejará de tener sentido, y se buscará simplemente la belleza sin connotaciones socioculturales.

 
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